Razón y sensibilidad

por Nayara Araujo Avilar

Siempre tuve miedo de volar. Especialmente los martes, miércoles y viernes, porque en mi opinión son los días en que las personas más se olvidan que los accidentes pueden pasar. ¿Por qué?

La respuesta es obvia. Porque martes y miércoles no son días en que se viaja tradicionalmente y los que viajan los viernes parecen estar siempre tan entusiasmados que se olvidan de que se pueden estrellar en una montaña o caer en el mar. Lamentablemente, viajar se ha convertido en parte de mi rutina, desde que mi tía Clara me envió a este lugar.

Ya a mi padre siempre le gustaron los aviones. Él raramente estaba en casa durante mi infancia, pero cuando cumplí 10 años me regaló un avioncito y me dijo que si lo guardaba bien un día me ayudaría a encontrar un tesoro.

En ese momento no lo entendí muy bien, pero como los padres nunca mienten me pareció bien no contrariarlo.

En una de las ocasiones en que mi padre estaba en nuestra casa, lo vi discutir con mi tía sobre un anillo que ella afirmaba que podría ser la salvación financiera de nuestra familia y que mi padre rehusaba entregarle.

Poco tiempo después, mi padre dejó de viajar. Empezamos a estar más tiempo juntos. Un día, él me contó que el anillo que buscaba mi tía había sido de mi madre. Ella murió poco tiempo después de mi nacimiento, lo que imposibilitó que nos conociéramos bien  y que yo la extrañara.

Después de esa conversación, mi padre partió para su viaje final y no nos volvimos a ver.

Pasaron muchos años hasta que volví a pensar en el anillo que guardaba mi padre. Me sorprendió descubrir que durante todo este tiempo hubiese estado escondido en el avioncito que gané cuando cumplí 10 años.

Todos los días, antes de cruzar los brazos para que las azafatas vestidas de blanco me aten el cinturón y me inyecten el liquido mágico, me pongo el anillo y los visito a mis padres.

A mi tía, que ahora tiene dos empleos y ya no me pregunta sobre el objeto, nunca le contaré la verdad. Cuando me envió a esta casa de viajantes, me dijo que yo padecía de una enfermedad que me impedía de discernir la realidad de la imaginación y que mi padre me había abandonado en su casa cuando yo nací.

A lo que ella llama esquizofrenia, yo llamo sensibilidad.

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Publicado el 16 mayo, 2011 en Lecturas. Añade a favoritos el enlace permanente. 7 comentarios.

  1. Bien Nayara, está muy bueno. Evidentemente SE PUEDE hacer un muy buen texto sin necesidad de que sea largo (cosa que a mi no me sale).
    ¡Felicitaciones!

    Saludos..

  2. ¡Grande Lucas, gracias por leer y comentar!

  3. Muy bueno! Escribir un texto que expresa tantos sentimientos resulta (al menos para mi) muy complicado de lograr. Está bien contado y de forma sencilla (doble mérito). Te felicito Nayara!

    Saludos!
    Brian.

  4. La verdad que esta muy bueno. Pudiste hacerlo simple y sin enroscarte demasiado, que creo que es otra cosa que nos cuesta mucho a todos, por lo menos a mí. A parte nada sobra.
    Duplico las felicitaciones.

    Saludos.

  5. Qué bueno, muchachos, gracias por leer. Concuerdo con lo que dicen, está logradísima la economía del relato.

  6. Es genial! Adhiero a los comentarios anteriores. Mientras leía la historia me iba involucrando sin darme cuenta hasta que note que tenía la piel de gallina. Te felicito Nayara!!!

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