Portbou

por Cecilia Sánchez

Los barcos no me gustan, me mareo mucho y, como la mayoría de las veces que viajé con mamá, los niños somos los menos queridos. Pero esta vez es diferente. Mamá me prometió que no volveremos a Portbou nunca más, que no habrá más barcos ni salidas por las noches entre las montañas. No volveremos a los hoteles nunca más. La guerra quedó en España, el 28 de septiembre junto con Walter, o Detlef, o como se llame. Tenemos que dejar todo atrás. Mamá dice que los de sangre eslava somos fuertes y podremos sobrevivir a todo. Papá también lo logrará, ya debe estar esperándonos en nuestra nueva casa en América. Debemos olvidar todo lo que nos pasó para empezar de nuevo.

Mamá es enfermera y papá un día se marchó con los hombres del escuadrón azul. Así se llamaban. No lo vi más. Me prometió que jugaríamos ajedrez en una nueva casa. Hace varios meses ya, dejamos nuestro país y partimos a un lugar lleno de montañas donde los amigos de mamá me cuidaron y mamá empezó a trabajar. Me contó una vez que su trabajo era ayudar a las personas a cruzar los Pirineos sin que fueran atrapados por los hombres del águila. Mamá les dice así por los escudos que llevan siempre. Hace un par de semanas recibimos noticias de papá, mamá entonces avisó a quienes me cuidaban que me enviaran con la persona que estaba en la frontera, ella la ayudaría a cruzar y llegar a Portbou.

Al atardecer del 25 de septiembre conocí a mi compañero de esa noche. Era un hombre no muy alto, un poco malhumorado, el pelo grisáceo y corto, anteojos gruesos. Llevaba un horrible pantalón azul noche y unos zapatos negros gastados. Caminaba un tanto encorvado. Le costó mucho subirse al camión que nos cruzó la frontera. Parecía algo pálido. Ya era tarde, pero las órdenes de mamá fueron claras, debíamos tomar ese camión lo más tarde posible, por la noche el frío cala los huesos y por eso no hay tantos controles. Ambos subimos con nuestro equipaje, él traía un maletín y yo mi bolsa con cuentos y algo de ropa. Nos sentamos juntos. Preguntó mi nombre una vez que emprendimos camino, “Joshua” contesté. “Detlef” el mío balbuceó.

Comenzó a contarme por qué sollozaba. Recuerdo que nos cubrimos con la misma manta. La noche era implacable, el trayecto fue frío y oscuro, el camino algo tenebroso lleno de hielo y piedras. Creo que me vio con miedo y comenzó hablar sobre cuentos, sobre su vida para calmarme y a la vez mantenernos despierto. Hablamos de juegos de mesa, familia y del amor que sentía por una mujer. Por eso último lloraba. La extrañaba profundamente. La llamaba Felizitas, era una mujer prohibida, judía como él, la esposa de su mejor amigo. Ella fue quién lo ayudó a transitar su exilio desde Alemania. Quería llegar a América solo para estar con ella. Esa ilusión era lo único que lo mantenía en pie. Se contactaban por carta y se demostraban amor con las palabras. Ella le enviaba dinero cada vez que podía y de tanto en tanto trozos de sus vestidos para que se sintieran más cerca. También mantenía correspondencia con su amigo, Theodor. Me contó que ella era su familia, junto con un par de amigos. Pero se sentía muy solo. En ese momento tomé su mano. También me sentía así.

A la madrugada, el sol no llegaba a calentarnos. Llegamos a Portbou, mi mamá estaba esperándonos. Su sonrisa era aun más linda de lo que recordaba. Me abrazó fuertemente y luego de unos minutos saludó a mi compañero. Le estrechó la mano amargamente y le comentó que tenía expresas órdenes de llevarlo al hotel y guiarlo hacia el barco la tarde del 28 de septiembre. Asintió con la cabeza y le agradeció. Tomó sus documentos y jamás se los devolvió.

Al llegar al hotel y registrarse mi madre lo hizo por él. Lo acompañó a la habitación y revisó su temperatura, parecía haber enfermado de repente al ver algunos hombres en el vestíbulo. Mi madre llevó mis cosas a nuestra habitación y me pidió que no volviese a hablar con él, ya que era una persona peligrosa para mí y para todos. No entendí en ese momento porqué lo decía. Me pidió también que me quede en la habitación, ella debía preparar todo para nuestro ansiado viaje a América.

Al intentar descansar no pude cerrar los ojos y fui a visitar Detlef, su habitación estaba frente a la mía. En la cama, con su maletín abierto, miraba escritos, cuadernos, cartas y sus amadas plumas. En ese momento me di cuenta que todo lo que me había contado en el camino era verdad. Las cartas con Felizitas y sus trozos de vestido, las cartas con Theodor y las fotos de sus amigos. Me senté junto a él y vi cómo sus manos temblorosas tomaban los cuadernos a los que llamaba “su obra”, “su vida”. Al tomar las cartas de su amigo noté que el encabezado decía “Estimado Dr. Benjamin”, se lo hice notar y  en ese instante me pidió un favor, que no lo llamara de esa manera, su nombre verdadero era Walter Benjamin, pero Detlef era para su amada y para mí, lo mostró en las cartas de ella donde el encabezado era “Querido Detlef”. Su amada se llamaba Gretel en verdad. Cuando comenzaron a escribirse tomaron esos apodos de una historia que tiene por protagonistas a una mujer que vendía guantes y su amor imposible. Felizitas y Detlef. Gretel era hija de un fabricante de guantes en Berlín. Y les pareció apropiado tomarlos como seudónimos. Ella era secretaria de una escuela donde trabajaba su marido y Detlef trabajaba con ellos. Una cosa me llamó la atención, estaba muy enfermo según mamá, pero no había medicamentos en la habitación, ni en su maletín. Los grandes tienen cerca esas cosas, yo no las vi.

Ya era tarde, debía volver a mi habitación, mamá regresaría con la cena. Guardamos todo en el maletín prolijamente y hablamos sobre Berlín. Detlef me saludó y deseó buen viaje, ya que no creía poder viajar conmigo, tenía dudas si los hombres que había visto en la mañana lo dejarían salir. Se recostó en la cama, se sentía cansado. No le creí nada de nada, sonreí y saludé levantando la mano, agradecí la pluma que me regaló y cerré la puerta muy despacio.

Las escaleras crujieron mucho cuando varios hombres subieron a la vez. Sentía cada paso que daban, cada escalón que subían. Abrí la puerta un poco, sólo para espiar, dejé la luz apagada para que no me vieran. Me arrodillé para ver todo mejor. Eran tres hombres que llevaban águilas, un cura. Mamá estaba con ellos. Quedé mudo. Sólo quería escuchar. Mamá traía una jeringa y un frasco en sus manos. Golpeó la puerta, Detlef contestó. Ella dijo que traía sus documentos que la dejase entrar. Cuando se escuchó al cerrojo los hombres del águila empujaron la puerta. Todos entraron, menos uno de esos hombres que cerró la puerta con delicadeza y quedó fuera, como vigilando. Se escucharon forcejeos y cosas que se caían al piso. Cerré mi puerta con llave. Mi respiración se agitó. Solo quería que todo terminase. Minutos después se escuchó la escalera crujir. Se habían ido.

Mamá llegó más tarde, sin la cena, de madrugada. Tomó mis cosas y me sacó de un brazo de la habitación. Seguía mudo y no quise preguntar nada. Dijo que nuestro último día en Portbou sería lejos de ese hotel. Al cruzar la entrada estaba el mismo cura con los mismos hombres del águila. Tenían el maletín de Detlef. No pude hacer otra cosa que llorar.

Nos hospedamos en una posada donde los hombres del águila parecían salir debajo de las mesas. Jamás tuve tanto miedo. Pero mamá parecía conocerlos. Las horas parecían eternas. Mamá dijo que se quedaría conmigo de ahora en más, no trabajaría hasta llegar a América. Me llevó a dar un paseo por muelle, de donde al día siguiente partiríamos. Estaba sin su traje de enfermera y traía su bolso marrón.

Cuando estaba caminando por el muelle, de la mano de mamá, pasaron dos hombres con águilas en los cinturones,  llevaban una camilla. Uno por el frente, otro detrás. Llevaban un cuerpo camino al cementerio de campaña, como en los que había en Francia. El cuerpo estaba tapado con una manta. No pude sacar los ojos de esa imagen, reconocía la manta. Al pasar por delante de nosotros la manta se corrió y, sin quererlo, una de las piernas de ese cuerpo se dejó ver. Era el zapato de Detlef y ese horrible pantalón azul. Apreté la mano de mamá con todas mis fuerzas, me mordí el labio inferior al punto de lastimarlo. Las lágrimas corrían por mi cara sin parar. Mamá se arrodilló, me abrazó fuerte, y me dijo al oído que todo lo que había pasado esos días debía olvidarlo, que una nueva vida nos esperaba en América.

La mañana del 28 de septiembre subimos al barco junto con varias personas. No era un gran barco, el capitán y su tripulación llevaban águilas en sus cinturones. Pero mamá parecía acostumbrada a verlos y estar rodeada de ellos al igual que yo.

Sólo debo olvidar todo lo que pasó en estos días. Sólo debo olvidar. Octubre es poco cálido en América. Pero el calor lo dará papá con su juego de ajedrez, eso es lo que dice mamá. Creo que es tiempo de olvidar algunas cosas, pero lo que no debo olvidar es la dirección. La dirección del apartado postal de Felizitas. Detlef dejó una pequeña nota en la fuente de la pluma que me regaló, pidió un último favor, que llegue esa nota a las manos de su amada.

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Publicado el 26 septiembre, 2011 en Lecturas, Relato final. Añade a favoritos el enlace permanente. 7 comentarios.

  1. Hola, lo que más me llamo la atención es la forma en la que esta relatado, le da un toque informal y despreocupado a la historia, y le sienta bien. El empleo de la palabra “mamá” o “madre”, más adelantada la historia, es de uso corriente y acerca al lector con la historia permitiéndole ponerse en la piel de esa nena, haciendo de esta forma más llegadera la historia.
    Felicitaciones Cecilia.

    Saludos. Ariana.

  2. Me gustó mucho, te felicito!
    Luz.

  3. Está muy bueno Cecilia. Muy bien recreada la historia y el punto de vista “inocente” con el que está contada le da un toque distinto, queda muy bien.
    ¡Felicitaciones!

  4. Esta buenisimo! Te felicito Cecilia!!!!!

    Flor.

  5. Guido Quarantotto

    La verdad que me gustó mucho, es como muy calmo para leer a pesar del tema al que refiere. Muy bueno ese contraste entre la inocencia del nene y lo violento de la situación. Felicitaciones.

  6. Muchas gracias por el espacio a Cecilia E. y a todos por dedicar unos minutos a leer y dejar sus palabras. Saludos.

  7. me encantó, me provoco mucho interés en saber lo que pasaba y me gustó mucho “me mordí el labio inferior al punto de lastimarlo” felicitaciones.

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