El sentido común y la incansable insistencia de los pobres por seguir siendo pobres

por Federico Rozanski

“Y sí, les dan un plan y ya está, mientras que nosotros trabajamos y nadie nos regala nada ¡Son pobres porque no quieren trabajar!” Este tipo de razonamiento derivado del seno del sentido común –aunque no cualquier sentido común-  afirma que las causas de la condición de pobreza de una persona son reducibles a una mera decisión personal, a la elección de ser pobre pudiendo no serlo.

Existen múltiples conceptos de pobreza y, por consiguiente, múltiples perspectivas para interpretar qué se entiende como “pobre”. Sin embargo, ninguna definición de pobreza podría afirmar que la condición de pobre se refiere a una decisión personal. Sería un tanto extraño imaginarse a millones de personas ociosas que deciden por motus propio no poseer los recursos necesarios para satisfacer necesidades tales como vivienda, salud o educación.

Aunque la pobreza entendida en un sentido más amplio, como exclusión, revela aún más lo inverosímil de la idea antes mencionada. “Se considerarán pobres aquellas personas, familias y grupos de personas cuyos recursos (materiales, culturales y sociales) son limitados a tal punto que quedan excluidos del estilo de vida mínimamente aceptable para el Estado Miembro en el que habitan” (European Economic Community, 1985).

En este sentido, la exclusión incluye no sólo las privaciones de recursos materiales o del acceso para obtener dichos recursos sino también elementos sustanciales como lo son la estigmatización y el rechazo social. De este modo esta perspectiva considera a la pobreza  no como la consecuencia de una decisión personal y deliberada, sino como la consecuencia de un proceso involuntario en el cual los hombres no poseen incidencia sobre la situación en la cual se encuentran inmersos. Así lo explicita Clerc: “La exclusión es una consecuencia de la miseria, mientras que la marginalización surge del distanciamiento –voluntario o no– respecto a las normas sociales” (Clerc, 1989)

Si bien puede que existan quienes aun teniendo la posibilidad de trabajar decidan no hacerlo, la generalización de que la causa de la condición de pobreza se deba a la decisión de renunciar a la posibilidad de laborar es un argumento fácilmente refutable. En primer término debido a que la generalización implica realizar un reduccionismo sobre el tema, sin ofrecer datos que sustenten dicha afirmación, la cual se presenta como una verdad absoluta,  y segundo, por lo dicho previamente respecto a la pobreza entendida como exclusión. Sin embargo, no sólo la generalización es poco probable sino también la misma idea tomada en un solo caso individual. Esto se debe a que la condición de pobreza no se refiere a un período de tiempo transitorio ni específico sino extenso y prolongado (Spicker, S/F: 3), por lo cual en el caso que se sea pobre por no desear trabajar, en primer termino debería haber existido una constante oferta laboral por un período extenso de tiempo (supongamos unos diez años o más) para que ésta sea rechazada constantemente por quien no deseara trabajar, estando esta persona cómoda –o al menos no insatisfecha- con una serie de privaciones y una situación de exclusión social.

En Argentina, desde el año 1976 –con el inicio de la última dictadura militar-  se han implementado políticas económicas que se basaron en, progresivamente, reducir el rol del Estado en la economía para abrir paso a una era de libremercado que alcanzó su punto más álgido durante la década neoliberal instaurada por el presidente Carlos Menem. Este proceso acrecentó la brecha entre ricos y pobres y promovió a las inversiones especulativas(que favorecieron a sectores minoritarios) en detrimento de las inversiones productivas. Cientos de fábricas se cerraron y la industria local se vio desfavorecida a causa de una competencia desigual con productos extranjeros importados mucho más baratos que los que ofrecía el mercado local, como así también cientos de fábricas de bandera nacional fueron privatizadas y compradas por multinacionales. Las consecuencias de este proceso fueron numerosas y nada favorables para los sectores populares. Millones de trabajadores fueron despedidos, los casos de inseguridad se incrementaron, la educación se pauperizó, al igual que la salud. La pobreza estructuralcomenzó a transformarse en una problemática habitual.

Pero más allá de las notables y evidentes consecuencias que produjo el orden neoliberal argentino, se encuentra quizás una de sus mayores “hazañas”:lograr instaurar un nuevo sentido común en la sociedad.Éste tuvo la capacidad de legitimar los intereses socioeconómicos del neoliberalismo en tanto economía liberalizada de especulación y un sistema político neoconservador. Nuevos valores como el hiperindividualismo y el darwinismo social remplazaron los valores de solidaridad. Y son estos mismos valores los queimperan hoy día en expresiones tales como creer que “los pobres lo son porque quieren; por no querer trabajar”.La condición de pobreza no depende de una mera decisión individual, son necesarias políticas de Estado estructurales para poder así lograr un país más justo e igualitario. No obstante, no parece éste ser un objetivo que todos deseen.

 

 

 

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Publicado el 16 septiembre, 2012 en Lecturas. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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