Maldicion eterna a quien vea este video

por Camila Cisneros

                                     “Dichosa edad  y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no   porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío.”

Miguel de Cervantes

¿Derechos de autor? ¿Quién podría cobrar por algo que se creó hace siglos y cuyo autor seguramente ya no está entre nosotros? ¿Cómo nos podemos negar por unas monedas el infinito placer de una bella melodía o un poema? Un absurdo impedimento, una carita con gesto triste fundida a rojo, se burla de mí: no podré reproducir en Youtube mi video favorito de diez horas de música medieval, alguna disquera sin rostro, en supuesta defensa de los ejecutores reclamó estos dudosos derechos. No dejo que la ira se apodere de mí. Guardo aún, la íntima esperanza de que nunca pongan impuesto a las palabras y los sonidos.

En vano emprendo la búsqueda del creador de tan bellas melodías; sin embargo descubro que su tátara-tátara-tátara sobrino nieto político, cajero  en un banco y con la sangre ya muy diluida, es el dueño legal de tan mágica música y cobra cada vez que se ejecuta. El sinsentido de la situación me causó gracia, más aún, pensar si realmente este gris personaje cobra los derechos que una corporación reclama.

Luego recuerdo que vivimos en el reinado del poder detrás del poder, mundo desigual, dividido en dos por inmensas arcas de oro ficticio en el que los de arriba comandan este juego y nos mueven a nosotros, los de abajo como si fuéramos piezas de un juego. Dinero y poder, esa es la meta a alcanzar, sin importar de qué modo, nada en este mundo ha escapado a la lógica del capital. Da lo mismo fabricar zapatillas, explotar un sitio pornográfico o hacer música. Pase por caja y transe con algún dios de mercado. Hoy la vida tiene un precio, el aire que respiramos, la muerte también tiene un precio y hasta los muertos tienen poder de seguir facturando por obras hechas en vida, la cultura tiene un precio. Hemos perdido la romántica visión que la concibe como un vasto y rico espacio. Un bosque habitado por múltiples expresiones artísticas de diversas formas, colores y contenidos que la nutren, la alimentan y le dan significación. Obras que a su vez pueden dar origen a un homenaje, a una reinterpretación, a una nueva obra, infinitos espejos irregulares y fractales; ya no es dotar de belleza a nuestra existencia sino trabajar en un mercado de ideas culturales, de productos culturales, de mercancías. Usted no escribe, deposita palabras a por centavo. Usted no toca a Mozart, trabaja para una disquera y para algún vago heredero.

Es en el marco de esta concepción capitalista del mundo que rige la ley de derechos de autor cuyo único fin es otorgarle un valor económico y un dueño legal a algo que, en definitiva, es propiedad de todos y de nadie a la vez. De este modo olvidan el verdadero valor de las obras en cuestión, el mismo reside en la magia, la belleza y el misterio. Sería hipócrita de mi parte negar que exista un ejecutor, alguien que hace concreto el sentimiento que corre por sus venas, un artista. En esta  la lógica masiva industrial de stock, otro aspecto negativo es la limitación del acceso a la cultura ya que, al valuar dichas obras, se excluye a un sinfín de individuos que están en todo su derecho de disponer de las mismas, pero no poseen los medios necesarios, creando una cultura elitista. Me deprimo. Vuelvo a intentarlo. Sigue anulado el video.

 

Se olvidaba de lo artesanal…

Cristian Gabriel Álvarez Congui

 

Hace algún tiempo, escuchaba una charla con un músico de rock independiente, Ariel Minimal quien, dejando su tono burlón y un tanto soberbio, daba a entender como funciona la cosa si se encara de una manera mucho menos industrial y se vuelve a “lo artesanal” (no vale con confundir con algunas alusiones rolingas a las drogas). Él contaba que tanto sus obras como las de Pez (su banda) se difundían y descargaban gratuitamente por internet, porque la edición física de las mismas era producida por ellos y los seguidores de su música se veían de este modo alentados a comprar el disco en cuestión. Es mucho más simpático comprarle frutas a un vecino que a un hipermercado, esta lógica humaniza y se acerca un poco más a aquella que describía y soñaba yo hace algunas líneas.

 

La era digital ha dado otros matices a esta cuestión. La  internet, irónicamente una fuente maravillosa de difusión de material, empezó a ser víctima de una lucha por conservar la misma lógica. Entonces reapareció, como salida de una cinta de Gativideo, esa malévola palabra: LA PIRATERÍA. En muchos casos los seres oscuros que se dedican a difundir discos sin pagar (válgame dios) resultan ser tipos con los que compartís clases, el colectivo, un recital…así, anónimos y malvados, se pasean entre nosotros. No ya hablar de los tipos que dentro de este gambeteo a la ley se vuelven millonarios, como ese gordito sonriente de Megaupload. Ese sí tiene garfio, periquito en el hombro y pata de palo. Hablo de algún maldormido que se olvidó de todo eso y colgó un disco de La Mosca en Taringa, o que digitalizó un cuento de Conti en pdf ¿Cuál es la vara para medir la responsabilidad sobre estos derechos? ¿Cuánto de esto es defender a la cultura, a los autores o a las obras y cuánto defender a una lógica de sistema que está en el final de sus días?

El que tiene oído, oiga

Libro del Apocalipsis (2:7)

Ahora, que empiecen a temblar, señores de trajes caros y sueldos bajos para sus empleados. Ustedes que se han llenado las panzas del talento de otros. Nadie los va a ir a sacar de sus mansiones, pero le han encontrado una vuelta al asunto. Porque muchísimos artistas independientes empezaron a ver las ventajas de aquello que pregonaba hace algunas líneas Minimal. Empezaron a ver que la internet permite que el público financie un proyecto “de onda”. No quieren depender de ustedes, los encadenadores de niños Nike del arte. La idea de copyleft permite la multiplicidad de voces, aporta positivamente y permite cierta difusión del material cultural. De todos modos, el acceso sigue siendo limitado y seguirá siéndolo en tanto el monopolio de la red se encuentre en manos de los poderosos, sin contar con que sólo un poco más del 28% de la población mundial tiene acceso a ella.

Terminarán en breve sinsentidos como los que proliferan en el gran país del norte donde tanto la difusión de obras culturales, como de datos de investigación científica, están penados ante la ley y se considera delincuentes a aquellos que osen romper las reglas. Esta postura extremista ha llevado a muchas personas inocentes a la cárcel y hasta se han registrado víctimas mortales…

Una nueva era está naciendo… en medio de este viento de cambio, me quedé sin mi música medieval. Pero gané un texto que es un montón de otros textos. Y así, repetidamente, hasta lo infinito y eterno…hasta que el cosmos empiece a reclamar copyright.

 

Anuncios

Publicado el 19 septiembre, 2013 en Ensayos, Lecturas. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: