Prejuicios

La asimetría del lenguaje

 

por Lucía Dobelli (com 45)

 

 

Nadie está exento de los prejuicios. O por lo menos, nadie que yo haya conocido todavía. Incluso aquellos que nos consideramos fervientes defensores de la igualdad, solemos tropezar, una que otra vez, con ellos (seguramente excusándonos al atribuírselo a un acto fallido o a un pequeño desliz). Pero, la verdadera razón amigos, es que caímos en la trampa, y lo hemos interiorizado. Aunque, me parece mejor hablar de naturalización, por más temible que me parezca esta palabra. La acción de naturalizar un hecho nos roba, descaradamente, nuestra capacidad crítica. La toma, la hace pedazos y de ella no queda más que un profundo conformismo, en pos del cual elevamos los eventos a categorías tales como objetivos o innatos.

Es por eso que los odio, a los prejuicios. No sólo porque los considere generalizaciones infundadas, sino porque nos convierten en criaturas completamente vulnerables al sentido común. Ese que nos arrolla, nos doméstica, nos vuelve dúctiles, una oveja más en el rebaño. Es noticia de ayer: no hay nada más sencillo que controlar al incauto, a aquél que no (se) cuestiona, generalmente menos por temor que por pura fe y credulidad.

¡Y qué vida sencilla esa! Mientras tanto en otra galaxia lejana, a muchos, afortunadamente, nos hierve la sangre al presenciar dichas sentencias. En mi caso, hay una en particular que me hace mutar en la versión femenina de Hulk. Es aquella que, creyéndolo lógico, suele asociar lo “negro” a lo “malo”. Nos desbordan ejemplos en el lenguaje cotidiano: humor negro, dinero negro, magia negra, trabajo de negro, jornada negra, ponerse negro un asunto, entre varias otras expresiones. Pero, más decepcionante aún, es que este vínculo no se expresa sólo en el discurso, sino que muchos lo profesan como verídico, e inclusive como demostrable científicamente.

Podríamos enmascarar fácilmente el asunto apoyando el pretexto de que el origen de esta relación está respaldado en una antigua suposición de que lo blanco o luminoso representa lo diurno y lo benigno, mientras que lo obscuro abarcaría lo desconocido y lo sombrío. ¡Gran error! No resolveríamos el acertijo, sino que continuaríamos justificando esta práctica al disfrazar su verdadera raíz; porque sólo es posible que un color encarne ciertas características si está enmarcado en una cultura. Y la cultura, no es más que una construcción social contingente que triunfó. Una arbitrariedad que responde a una relación de poder funcional. Entonces, que simbolizar lo malo con lo negro sea una convención fuertemente arraigada (y lamentablemente de sobra compartida), no significa que el día de mañana no pueda trocar en la personificación de lo malo como lo blanco, o como lo rubio, o lo cristiano, o lo masculino o lo occidental. ¿Seguirá pareciendo justa y natural la sinonimia cuando el afectado sea uno mismo?

No es fácil dejar el nido. Tomar conciencia de que la cultura y sus formas (aquella que divisábamos allá lejos, por sobre nosotros) son por cierto producto nuestro, implica responsabilizarnos por ella y por sus efectos lingüísticos. Tenemos tarea por delante. Hay que repensar los sentidos consolidados (y más aún aquellos de los que nunca nos permitimos desconfiar) como primer paso para empezar a hacernos cargo; entender que el lenguaje que usamos nos constituye también como personas. Sé que ningún término es inocente, ni ninguna interpretación es ajena a una relación de poder, pero ¿seguirán eternizándose los significados si nosotros ya no los reproducimos?

 

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Publicado el 2 junio, 2014 en Lecturas. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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