Otros ensayos

aquí uno de W. Benjamin sobre el juego de azar

 

EL JUEGO
El juego, como toda otra pasión, da a conocer su rostro como la chispa que en el ámbito corporal salta de un centro a otro, moviliza ora este órgano ora aquel otro y reúne y limita en él al ser entero. Este es el plazo acotado a la mano derecha hasta que la bola caiga en su casilla. Como un avión, vuela sobre las docenas de la ruleta, esparciendo en sus surcos la siembra de fichas. Anuncia ese plazo el instante, reservado únicamente al oído, en que la bola empieza su giro y el jugador está a la escucha de cómo la fortuna-afina sus contrabajos.
En el juego, que se dirige a todos los sentidos, sin excluir el atávico de la videncia, le toca también la vez a los ojos. Todos los números le hacen guiños. Pero como ha olvidado el lenguaje de los gestos en lo que éste tiene de más decisivo, generalmente confunde a los que le hacen confianza. Y que son desde luego los que demuestran la más profunda devoción por el juego. Todavía un momento sigue ante ellos la apuesta perdida. El reglamento les retiene. No de otra manera retiene al amante la destemplanza de aquella a la que venera. Ve su mano al alcance de las suyas; pero no hará nada para tomarla. El juego tiene adictos apasionados que le aman por él mismo y de ningún modo por lo que da. Porque si se lo quita todo, buscarán la culpa en sí mismos. Dirán entonces: «He jugado mal». Y ese amor comporta en sí mismo la recompensa de su celo en tal medida que las pérdidas son agradables sólo porque con ellas dan prueba de su ánimo de sacrificio. Un caballero de la suerte tan intachable como lo fue el Príncipe de Ligne, asiduo a los clubs parisinos tras la caída de Napoleón, era famoso por la actitud con la que aceptaba las perdidas más extraordinarias. La actitud era un día y otro día siempre la misma. Dejaba que la mano derecha, que arrojaba continuamente sobre la mesa grandes apuestas, colgase luego lánguida. La izquierda en cambio permanecía inmóvil, horizontal, metida en su chaleco, sobre la parte derecha del pecho. Más tarde llegó a saberse por su ayuda de cámara que en su pecho había tres cicatrices, huella exacta de las uñas de los tres dedos que sin descanso se habían clavado en él.

Extraído de Discursos interrumpidos I, Madrid, Taurus, 1989

 

y otro muy cortito sobre los genios que no son tales

 

Para los grandes hombres, las obras concluidas tienen menos peso que aquellos fragmentos en los cuales trabajan toda su vida. Pues la conclusión solo colma de una incomparable alegría al más débil y disperso, que se siente así nuevamente devuelto a su vida. Para el genio, cualquier cesura, no menos que los duros reveses de fortuna o el dulce sueño, se integran en la asidua laboriosidad de su taller, cuyo círculo mágico él delimitaen el fragmento. “El genio es laboriosidad”

 

extraído de Dirección única, Bs As , Alfaguara, 1987

 

 

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Publicado el 16 junio, 2014 en Ensayos, Materiales. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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