Un ensayo

Serás original o no serás nada

por Lucía Dobelli

 

Cuando era chica solía realizar una suerte de liturgia, si bien la misma carecía de todo elemento religioso. Consistía en prender el aparato, localizar el dial y sentarme. Sentarme y dejar pasar el rato, esperando. Cierto es que muchas veces me aburría y me daban ganas de parar todo e irme; pero me mantenía en vigilia la intriga. Y seguía, esperando. Hasta que, sin previo aviso, mágica, una voz revelaba que la próxima era la canción deseada. El cassette ya estaba en su lugar, y mis dedos, expectantes y tensos, también. Record más Play, y la cinta magnética ya se movía grabando lo que podía ser el último hit de Shakira, Bandana o las Spicegirls (uno no debe desconocer sus orígenes aunque ahora agradezca no tener el gusto musical de mis diez años).

Es que yo creía tener una tarea por demás significativa. No era cosa de tontos esto de presionar el botón y grabar en el momento exacto. Lo sentía casi como una conquista individual, ¡ahora sí podía escuchar sus temas cuando yo quería, donde yo quería! Analizándolo retrospectivamente sin embargo, seguramente muchos acérrimos defensores de los derechos de autor no hubieran dudado en ya ver en mí a una criminal. Una que ahora infringía la ley de forma inconsciente quizás, aun así, sería sólo cuestión de tiempo para terminar de convertirme en una cuasi pandillera del dominio público. ¿Cómo iba a saber yo que alucinar coreografiando al ritmo de mi versión (infame) de Ojos así le estaba ocasionado un perjuicio a la mismísima Shakira?

Pienso qué tipo de daño era este. ¿Habría disgustado el hecho de que mi coreografía no estaba a la altura de sus movimientos de cadera? O, quizás, incomodaba la facilidad para el uso personal que me permitía mi grabación. Pero, ¿no nos da tal beneficio cualquier objeto privado? Sucede que reproducir la canción a gusto y piacere me investía de poder; un poder clandestino. Yo no había reembolsado lo suficiente por él.

La idea de que un artista ha empleado horas y horas, valioso tiempo de su vida, al componer su obra (y por tanto merece un rédito por tamaña tarea creativa) sería el respaldo capital de gran parte de las acusaciones dirigidas hacia mi yo infantil. Y, esta clase de retrovictimista, aparenta ser el quid para entender el trasfondo del concepto de propiedad intelectual.

Ya afirmó Lawrence Lessig que el papel de la ley es cada vez menos el de apoyar la creatividad y cada vez más el de proteger a ciertas industrias contra la competencia. Aun así, quienes, escandalizados, reprobarían el acto, no serían sólo abogados, expectantes como aves de rapiña por la más ínfima infracción sobre la legislación (más específicamente, sobre alguna que estorbe a un cliente), o el ala más fanática del conservadurismo. Muchos (¿también nosotros?) se proclamarían a favor del autor como el supuesto mártir. Desafortunadamente, es moneda corriente, aún en esta era digital, que resienta, en alguna parte del ser, ver una creación, nuestra creación, difundida así, sin más, sin haber sido otorgado antes el propio consentimiento. El tan imprescindible permiso. Pareciera ser que un proteccionismo agobiante de lo exclusivo echó raíces allí, en lo profundo del imaginario colectivo social, y se arraigó hondamente para devenir custodia del derecho de autor.

Allá por el siglo XV, Johannes Gutenberg desarrollaba la imprenta, técnica que será fundamento de los primerísimos antecedentes de lo que hoy es la ley de copyright; pese a que su alcance se veía reducido, en este primer momento, únicamente a la copia de libros. Es la imprenta la fuente de la difusión de nuevos saberes y conocimientos. Semilla de un dinámico proceso por el cual aquello que estaba restringido a una elite privilegiada podrá filtrarse temerariamente hacia las clases más marginales. El  fruto (eternamente inmaduro) no sólo será el mayor acceso, sino uno más económico por parte de estas al circuito informacional. ¿Quién podría dudar que dicha minoría aristocrática sintiera vértigo frente a la pérdida de poder que aparentaba acarrear la modernidad? Casi que podían predecir, sin ninguna necesidad de tarotista u horóscopo, el fin de su despotismo oscurantista.

Pero, como bien se dice por ahí, a grandes males, grandes remedios. Nada mejor entonces que impulsar una nueva forma de autoridad. Y, esta vez, que sea tan difícil de socavar como lo es una idea misma. Así, sin soltarse nunca la mano, la extensión de la ley por sobre una mayor cantidad de obras artísticas evolucionó a la par de un adiestramiento cultural encargado de enseñarnos que éramos (aunque sólo algunos afortunados) capaces de creación ex nihilo. Nos transformamos en cómplices y nos fuimos convenciendo de la sustantividad de la originalidad, y de que podríamos escapar a la existencia ordinaria al lograrla. ¿Por qué sino es que ha llegado a afectarnos intensamente la mera posibilidad de que algún individuo perverso nos desposea de nuestra preciada e insólita idea? Qué utópico creer que podamos ser iluminados por una reflexión auténtica cuando compartimos (y por eso mismo recreamos) una historia de millones de años como especie humana. Historia que avala que todo aquello que nos comprende forma parte de nuestro ser social. Verdad de Perogrullo que solemos olvidar.

Thomas Jefferson sostenía que la acción del pensamiento, o idea, era la creación natural menos susceptible de ser objeto de dominio individual, ya que, en el exacto momento en que se divulga, se la fuerza a pasar de la exclusividad a una posesión colectiva donde su receptor ya no puede desprenderse de la misma. Caracterizaba a una idea como una vela encendida. Ambas pueden disfrutarse y aprehenderse sin necesidad de dificultar o alterar su posesión por parte de otros. Sí que se ha transformado, con el paso del tiempo, de los sistemas y de las ideologías, esta concepción liberalista del ingenio humano. Poco a poco, extraviamos su cualidad más preciada, un contenido que empero sigue latente y que se despierta, por ejemplo, cada vez que leemos un libro, presenciamos una obra de arte o experimentamos un debate vehemente. Su facultad de mejorar la condición humana al compartirse no puede verse soslayada. Excepto claro que la industria cultural así lo desee. En 2009, la Cámara Argentina del Libro, en respaldo dela editorial francesa Les Édicions de Minuit, inició un juicio contra Horacio Potel, profesor argentino de filosofía. ¿El delito? El deseo de compartir cultura. Potel se encargó de la traducción al castellano de textos de Derrida, casi imposibles de conseguir en el país, para luego subirlos a una biblioteca virtual. Su fin no era más que lograr una distribución más ecuánime, que todos pudieran verse enriquecidos con los textos que a él tanto le habían fascinado. ¿El resultado? El sitio web de Derrida, así como otros similares sobre Nietzsche y Heidegger, fueron eliminados. Tendríamos que estar ciegos para no ver el dilema. La fuerza defensora del derecho de autor aparece en el campo de batalla cuando surge un enemigo que amenaza el castillo del interés económico en juego.

No obstante, esto no es una cuestión de ceguera física, sino de alienación intelectual. Y, hasta desprender una garrapata parece un emprendimiento fácil en comparación con desprender un valor social. Creo que la genialidad existe, pero debe alejarse siempre un poco más de la utilidad. Debería preocuparnos menos quién es el genuino autor de tal o cual obra, que ver si esa obra merece realmente nuestro desvelo. Incluso aún mejor sería desvelarnos cavilando si contribuye o no a la sociedad que queremos formar. Apelar en extremo a la ley de copyright es continuar ratificando que la novedad y lo singular es lo esencial, y sólo lleva a cooperar con la perpetuación del analfabetismo cultural. Parece contradictorio pensar que quien estima tanto sus ideas sólo va a ser reconocido por ellas si las ha compartido. El compartir parece ser entonces, el eje central de la tan ambigua propiedad intelectual. ¿Por qué restringirlo?  Ahora bien, nadie está diciendo sexo, drogas, piratería y rock and roll. Estoy hablando de reflexión.

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Publicado el 17 septiembre, 2014 en Ensayos, Lecturas. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Me gustó, está bien escrito y están buenos los argumentos

  2. Me gustó mucho este ensayo, buen lenguaje, da información concluyente para los argumentos, es coherente, dan ganas de seguir leyendo!!

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