Antología de relatos 2014

Hola a todos. Ojalá ya estén disfrutando de sus vacaciones académicas. ¿Y qué mejor que pasarlas leyendo relatos? Aquí les dejo los de sus compañeros:

-“Voces en el lago” de Paula Capaldo
-“Welcome London” de Magalí Botta
-“Volveremos y seremos millones” de Patricio Valenzuela

Fue un placer compartir el año con uds.

Hasta siempre

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Voces en el lago

 por Paula Capaldo

Juan José  es un hombre de 86 años pero que no los aparenta.  Erguido, canoso, tiene unos vivos ojos verdes que se mueven de un lado a otro con la vitalidad de un veinteañero.  Fui a visitarlo a su cabaña en Bariloche (donde vive desde los años 50)  con la intención de averiguar algo más sobre el misterioso caso Richter, un episodio algo olvidado de la historia argentina, como parte de una investigación.  Charlamos frente a un fuego que avivaba de vez en cuando, mientras se hacía de noche en una tarde lluviosa frente al lago.  Su señora, paradójicamente  alemana, nos convidó un Streusel de manzana riquísimo. Después, comenzó a hablar, cosa que parece encantarle.

-Conocí a Ronald Richter a mediados de 1950, una de esas luminosas y brillantes mañanas de otoño barilochenses. Yo era un simple guardia de “seguridad” y me habían contratado temporalmente, mientras se realizaban construcciones en la Isla Huemul. No me habían dicho lo que estaban haciendo, pero estar ahí frente al lago todo el día me pareció mucho mejor que doblarme la espalda cargando troncos y madera en la ladera del cerro Catedral. Tenía 22 años y recién llegaba, me había enamorado en seguida de este lugar. Más entonces que no había nada ni nadie, como un paraíso natural. Bueno, me habían dicho que era un proyecto gubernamental, por eso la presencia militar en la isla. Y con mis 22 años no se me ocurrió preguntar nada, si me pagaban mejor que en mi anterior trabajo, eso ya era suficiente. Bariloche en esos momentos no era más que un caserío con mínima presencia de turismo y gente importante, que sobretodo se centraba en el Hotel Llao-Llao. Veía ir y venir material para la construcción y tipos trajeados que charlaban en alemán, el tal Richter apareció un día, aunque yo todavía no sabía quién era él, rodeado de gente que lo guiaba y le hablaba. Ahí me dí cuenta que era el capo en todo ese asunto.
A mí no me permitían subir a la Isla, sólo vigilaba el muelle y la playita por dónde descargaban las cosas, pero no veía más que eso. Seguía sin tener idea, sólo me habían dicho que si veía algún movimiento extraño o si llegaba “gente con malas intenciones”, diera inmediato aviso. Después uno de los milicos me contó que estaban construyendo laboratorios para hacer experimentos nucleares. Yo todo lo que sabía de ese tema eran las noticias sobre las bombas que los yanquis habían tirado en Japón, así que me quedé helado. Además ¿en Bariloche? Y sí, me habían dicho, porque era un asunto secreto de Perón.
Vi cosas muy raras en el tiempo en que estuve allí. Richter a veces venía y se quedaba por semanas sin volver al pueblo, internado en su laboratorio personal en lo más alto de la isla. En las noches más oscuras y frías del invierno,  yo miraba hacia arriba y la luz seguía prendida, a eso de las 2 o 3 de la mañana. Pero había algo más raro todavía, cada tanto tiempo, se prendía fuego alguno de los edificios o Richter pedía alguna remodelación en su laboratorio. El coronel González, que era la máxima autoridad militar en la isla, se reunía con otros tipos medio a espaldas de todos. La cuestión es que el gobierno enviaba más fondos para construir y reconstruir las instalaciones, hasta que un año después, Perón anunció que los experimentos habían tenido éxito en una conferencia que hasta yo escuché por la radio. Decían que iban a repartir energía en botellas como las de la leche, ¿no era una locura? Finalmente empezaron a traer materiales para la edificación de un reactor nuclear, un mazacote cuadrado gigante que todavía se llega a ver desde Playa Bonita. Hoy todo eso es ruinas…

-¿Le sirvo más té?- me ofreció.

Agradecí y siguió hablando, mientras afuera seguía lloviendo y se hacía de noche. Las ráfagas de viento hacían temblar las ventanas, me pregunté cómo serían las noches solitarias de Juan José en la Isla Huemul.
A finales de 1951, al alemán ya casi ni se lo veía,- continuó – habían llegado otros compatriotas suyos que tramaban algo. Según los milicos, Richter tenía delirios de persecución, bah eso era lo que yo llegaba a enterarme. Decía que lo espiaban con binoculares desde el Cerro Otto, algo ridículo, pero por eso cada vez estaba más encerrado allá arriba. Fueron muchos los movimientos extraños que ví. Sumados a las luces raras como las llamaba yo, que empezaron a vislumbrarse del reactor… Gritos en alemán, charlas que no entendía. Me parecía que las cosas se estaban poniendo turbulentas, y no había ni rastro de las botellas de energía atómica.
Una única vez me dio la mano el tan magistral Doctor Richter, desde lejos se notaban sus aires de grandeza. Había como dos bandos en la isla, por un lado los alemanes y por otro los militares de Perón. Circulaban rumores, pero nada cierto. Ideas de pueblerinos.
A principios de 1952 vino un grupo de periodistas enviados desde Buenos Aires para ver cómo eran las instalaciones. Según dicen, no les contó demasiado sobre los avances en las investigaciones, por lo tanto empezaron a sospechar también desde el gobierno. Perón que tanto estimaba a Richter, ya no parecía hacerlo demasiado… Ahora la cosa se pone interesante, resulta que desde el gobierno mandaron una comisión examinadora por la desconfianza que habían empezado a tener. Eran varios químicos argentinos, también conocidos. Lo que encontraron es también un secreto a voces, la versión que se dio a conocer fue otra. Pero yo lo sé– Juan José hizo una pausa, como dudando, hasta que continuó. Afuera se había encendido un farol que dejaba ver la silueta de los altos cipreses mecidos por el viento.
– Richter había tenido éxito, de verdad. Pero en algo que nadie se esperaba… en uno de los laboratorios, en una sala muy asegurada, había una bomba atómica cubierta por una bandera nazi. En papeles muy bien organizados estaba específicamente detallado el plan de tirarla en Buenos Aires… más precisamente sobre la Casa Rosada. Los alemanes habían sido seducidos por los milicos contrarios de Perón, ya que su idea original era un rearme progresivo de Alemania, la idea de levantar un Cuarto Reich. Las fotos de Hitler estaban por todos lados, las banderas… hasta hacían el saludo del brazo levantado. Una enorme conspiración, que se ocultó siempre. No podía salir a la luz por miedo a que ganaran adeptos, ya tenía mucha oposición el gobierno. Finalmente se desmanteló la bomba y se contó la historia de que el alemán no estaba capacitado… pero la verdad es que si lo estaba, y no le faltaba mucho para concluir su plan. ¿Se imagina? , usted tal vez hoy no estaría acá y yo tampoco.

 

Welcome London

por Magalí Botta

…” Beyond the gilded cage,
Beyond the reach of ties,
The moment is at hand.
She breaks the golden band”.
Obscured by clouds – Burning Bridges
Pink Floyd – 1972

 

            Los aviones me hacen sentir bien. Me conecto con la inigualable sensación de que puedo hacer lo que me plazca. A esta altura no pertenezco a ningún lado. Le pedí un whiskey generoso a la azafata y ella por su cuenta le agregó hielo mientras me guiñaba el ojo. Adivinó que no era el primero que tomaría. Cierro los ojos y siento el calor del alcohol en mi garganta que se extiende hacia mis hombros, los músculos se relajan y pido el segundo para que la sensación llegue hasta mis piernas. El tercero es para que la mente ceda el paso al pensamiento libre y el cuarto, para escuchar más allá de lo que escucho. Los acordes se vuelven más vivos y mis dedos siguen el ritmo transformándome, haciéndome creer que soy yo quien toca frenéticamente y el público se excita, aplaude, veo sus rostros húmedos y alucinados, algún ceño fruncido, alguna mano sosteniendo un mentón atónito.
            Alguien me sacude, llegamos. Los otros pasajeros bajan apurados, se atropellan. Yo apenas despierto. Busco los lentes, una Mentholyptus y el abrigo. Me quema la vejiga, miro el baño pero la azafata me conduce a la salida, el avión está vacío y ella sin dormir siempre sonríe, hasta para echarte y dejarte con unas ganas de mear insoportables. Está fresco, el viento me revuelve el pelo un poco más, tal vez sea el momento de cortarlo, casi oigo los reproches de Paula. Pero no acá ni en estas vacaciones, Londres era mi más esperado viaje y algo tan trivial como un corte de pelo no entraba en mi agenda. Me detuve en la fila para el control de pasaportes, los busqué en el fondo de la mochila junto con los otros documentos, tanteé las llaves, la SUBE y el paquete de pastillas. El aeropuerto Heathrow es impecable, te reciben el violeta que suaviza la visión, los vidrios, lo automático y un sofisticado olor a nuevo. ¿Cómo será el baño? Distraje el tiempo ordenando mi salida: de terminal 3 a la 5 en tren interno para subir al metro de la línea Picadilly, en Picadilly Circus combinación línea Bakerloo hasta Maida Vale, primer destino: Los Studios Abby Road, en donde se grabaron algunos de los discos más impresionantes de la historia musical. Pero antes el baño, todos mis planes se desvanecen en la urgencia física y en la sonrisa socarrona de la azafata.
            Por distracción o causalidad me bajé del metro en Leicester Square y me dipuse a caminar sin rumbo fijo, me perdí en los rincones de la Chinatown londinense, comí, revisé mis notas, mis mapas con la ubicación del hotel y observé la situación desde un cómodo anonimato. Pensé en llamar a Buenos Aires para que Paula no se preocupe. Encendí el celular y tenía ya seis mensajes “¿Llegaste Diego?”, “No esperes a la noche para avisar así duermo tranquila, no seas desconsiderado” y otros similares que contaminaron mi calma por unos minutos. Le contesté, me mandó unos “besis” y necesité un trago para recibirlos.
            Volví a caminar por Shaftesbury Av. hacia la estación Picadilly Circus. Me detuve en una librería antigua cautivado por una foto en la que estaba seguro de reconocer a Gilmour  de la mano de una chica. Pink Floyd había marcado mi vida con cada disco y conocía su historia en detalle. Entré emocionado a la librería como si hubiera encontrado un tesoro. Al cerrarse la puerta percibí un silencio reconfortante e intenso. El lugar era pequeño y las bibliotecas llegaban hasta el techo. El sol iluminaba un polvillo que jugaba en el aire y desteñía los lomos de algunos libros. Caminé acercándome a la foto y me sentí observado. En una columna estaban las tapas autografiadas de Ummagumma, Meddle, Obscured by Clouds, Dark side of the moon y entre ellas una foto más, sutilmente ubicada con algunos tickets de recitales de Pink Floyd del 69, Fillmore West del 70, Live at the Pompeii en el 72; eran Gilmour y Waters y la misma chica de la foto anterior, sonriendo los tres apoyados en un Bentley. Mi éxtasis fue interrumpido por una voz cálida y un inglés elaborado y preciso al que respondí estoicamente con uno elemental pero bien pronunciado.
            Cabello largo, algo rubio y entrecano; ojos verdes y penetrantes; piel delicada, apenas rasgada por el tiempo; boca pícara, soñada. Amber. Con todos sus gestos coordinados me sirve un té al que le mezcla unas gotas de cogñac que agradezco, mientras espero que la conversación siga su curso. No me animo a preguntar. Ella percibe mi desborde y me cuesta disimular la ansiedad de estar cerca de alguien que conoció a estos visionarios del sonido. Me siento un cholulo. Desata sus palabras ungiéndome en la historia  al aviso de “somebody must know who I am” y ahora yo percibo su necesidad de romper el silencio. “Era compañera de la escuela de Syd y Roger en Cambridge – Barret asumí de inmediato sin interrumpir – algunas noches nos quedábamos horas hablando y escuchando oscuros blues de Pink Anderson. Syd tenía una forma de ver el mundo que admirábamos. Era una usina de ideas lisérgicas e inquietantes, que a veces nos costaba comprender. Dave iba a un colegio cercano y era muy amigo de Syd, tocaban juntos la guitarra, tenían una afinidad musical con la que experimentaban y se divertían. Cuando me mudé a Londres en el 68, ellos eran Pink Floyd y yo seguía siendo Amber. El primer show al que asistí fue en el Royal Festival Hall en el 69. Syd ya había colapsado por el LSD y Dave, ocupaba su lugar en el escenario – sus ojos brillaron e hizo una pausa para servir unas copas de cogñac que tomamos con entusiasmo – parecía iluminado… Hermoso. Cuando el show terminó, Roger me reconoció entre la gente y me llevó de la mano a presentarme con el resto de la banda. Estaba feliz de verlo, pero al saludar a David, el corazón me latía hasta en la boca y él me besó en la mejilla suavemente mirándome a los ojos. Roger me hablaba y yo sólo podía escuchar a Dave invitándome una copa – quedó pintado dije, ella no entendió mi expresión, pero me sonrió con cortesía y siguió con su relato – que por supuesto acepté inmediatamente. Desde esa noche se volvió ¿cómo decirlo? antinatural estar separados y mi vida se convirtió en un sueño extraordinario. Pasaba el tiempo y encontrábamos más unión y más hostilidad por parte de Roger, que a veces me observaba desde las sombras con dulce resentimiento. Después de unos años me pidió que dejara a Dave, estaba desencajado. Íbamos y veníamos de una gira tras otra hasta que se animó a pedirme que no fuera, bajo la amenaza explícita de no subir al avión que nos llevaría a Berlín. Recuerdo que David se enfureció – al estilo inglés supuse – y todo en adelante fue diferente”.
            No puedo creer lo que escucho, mis pensamientos se agolpan desordenados y quieren atarse con coherencia. Amber era la respuesta justa a una contienda con el sentido disfrazado. Una disputa que producía éxitos y translucía una química que vibraba más allá de sus cimientos. Ella, en silencio ahora, me sirve otra copa y sonríe con satisfacción. Percibo un placer similar al de esa azafata bajándome del avión para dejarme con las ganas. Su risa se vuelve grotesca. Me avergüenza. Ahora en lugar de ver una mujer bien vivida con admiración, veo una vieja endemoniada que se deforma frente a mis ojos. Me río también, sigo el ritmo de sus carcajadas mientras empino el último trago de cogñac que me devuelve embriagado a una atardecida vereda londinense y al cerrar la puerta tras de mí, alcanzo a ver lágrimas en sus mejillas obligadas a confundirse con una mueca burlona que fagocita mi credulidad y la escupe como una duda irritante.
            Caminé unas cuadras y entré a un ruidoso bar para amigarme con un momento de cordura gracias al efecto de la cafeína. Me dolía la cabeza ¿cuántas libras? Another one please y encendí el teléfono con la intención de contarle a alguien sobre Amber, la librería, el cogñac, Gilmour, Waters, Amber, la risa, la foto, el sol, Amber y sus ojos verdes, sus lágrimas, la intriga, la lógica de Amber. Ya tenía nuevos mensajes de Paula que preferí no leer. Ordené mis pasos hasta el hotel con las combinaciones del Metro y anoté en mi cuaderno todo lo que recordaba mientras buscaba, obsesivamente, una fisura en las palabras de esta mujer que me había arrastrado a la intimidad de su memoria. Imaginaba a Paula enfundada en un jean apretado diciéndome: “Sos muy ingenuo Diego, a los 42 crees en los Reyes Magos, lo sabría todo el mundo”. O tal vez no, pensé.

 

 Volveremos y seremos millones

por Patricio Valenzuela

 

Jueves 27 de octubre. Un año ya. Un año. 365 días. Días de lucha contra un océano de dolor y suspicacias. Luchas internas contra mis sentimientos destrozados, y luchas externas, como nos enseñaste, contra esos gigantes inescrupulosos, las mismas basuras de siempre. Los mismos del ’55, los mismos del ’76, los mismos del 2008. Sí. Siempre fueron los mismos.
Hoy somos gobierno otra vez. ¿Somos? Ay, compañero… ¡Si supieras la que se nos viene! En la Unidad Básica parecen todos soldaditos de la oligarquía. Ganamos una elección, otra más. La ganaste vos también. Nos perfilamos para nuestra tercera presidencia seguida y… mejor no hablar de ciertas cosas. A estos nenes bien me dan ganas de llevarlos todos juntos en un camión al campo o a una fábrica para que sepan lo que es laburar. Y de militancia mejor ni hablemos… ¿Qué carajo saben estos pibes lo que es militar? Militantes éramos vos y yo, Flaco. Y Cristina. ¡Ay, como la extraño a Cristina! Y estos pendejos me quieren hacer creer a mí que esta fue militante. ¡Já! Como si no la conociera, pero por favor. Vivimos los tres la censura, la juventud, el resurgir. Vivimos el exilio, la lucha, el combate. Y otra vez el renacer. Llegaste, llegó, llegamos a seguir lo que se vio truncado en 1974. Nos quisieron pasar por arriba y no pudieron, pero ahora resulta que la batalla es aún más cuesta arriba. Se nos infiltró el enemigo, compañero. La burguesía se disfraza de peronista, y estos no tienen un gramo de peronismo. A estos les corre el dinero por la sangre, respiran especulación, anhelan neoliberalismo. Ensucian la imagen y el recuerdo de ustedes… Diría que me brota la impotencia, pero no compañero. Vos me enseñaste bien. Las luchas no se abandonan, hay que arremangarse la camisa y salir a trabajar, como siempre lo hicimos. ¿Se creen que no me di cuenta lo que hacen? Acá me subestiman y me toman por viejo. ¡Viejos son los trapos, carajo! Tengo más años al lado del pueblo que al lado de mi esposa, y esos son más años que toda la UB de Lomas junta. Ahora se juntan a cenar en Puerto Madero… pero por favor. ¿Qué es Puerto Madero? ¿Dónde queda? Estos andan en la suya, se piensan que yo no me doy cuenta, pero yo me doy cuenta de todo. Los veo fijo y les saco la ficha en seguida. Esas son cosas que uno aprende en la vida, y estos no tienen vida. Su vida es una play station y un plato de sushi. ¡Sushi! ¿Qué es el sushi? ¿Vos sabés lo que es el sushi, Néstor? Es una comida japonesa, dejémonos de joder viejo. Si quiero ver esas cosas me voy al Bajo Flores al barrio coreano, a mí con pavadas no.
            Cuánta falta me hacen. Los dos. Mis noches son tan vacías. Ahora veo en la tele a una muñequita de plástico vestida de negra y me quieren hacer creer que somos gobierno. “Somos gobierno, el pueblo sigue adelante”. Basta de pavadas. Basta. Son infumables. No sé cómo los controlabas vos, y ahora entiendo por qué ella no se pudo hacer cargo. A veces pienso que hubiera sido mejor seguir su camino. Irme con ustedes. Un viaje eterno. Tomar mates con Eva, un asado con vino con el General, un truco con ustedes. ¿Por qué no lo hice? ¿Debería hacerlo? Ay, cómo te entiendo Cristina… pero qué solo me dejaste. Qué solo me dejaron. La angustia me mata todos los días. Una obstrucción de aorta, una pastilla, esas cosas por lo menos te matan una vez. Yo me muero todos los días. Y todos los días renazco. Todos los días me resucita el video de ese 25 de mayo glorioso. El resurgir de la nación. Fuimos incluso más que el ave fénix. Sé que tengo que seguir el legado. Es mi misión. Que me acusen de lo que quieran. Que me siga llamando la colorada que está ahora. No me representa. No nos representa. Esa burda actuación que hace. Ni ella misma lo cree. Títere de Clarín, amiga de Macri y “soldada de Perón”, pero por favor. ¿Por quién me toman? La reencarnación de Vandor es, su versión femenina. Bah, eso supongo, eso dicen. No te extrañe compañero que no lo sea. Vos ocupate de ella allá, tratala como la reina que es. Me niego a decir fue. A pesar de lo triste de esos días, yo siempre supe la verdad, y entendí su decisión mejor que nadie. A los impostores, ni justicia. De eso me encargaré muy bien. Por eso sigo acá. Por eso no me fui. Esperenme un poquito más que todavía me queda sudor y sangre por los descamisados. Por la patria. Esto es el kirchnerismo, sudor y decisiones. No lo que estos traman. ¿Pueden creer que quieren aumentar todo? ¿Pueden creer que se rían de maestros y médicos pobres en las reuniones? ¿Pueden creer que gasten más dinero en cirugías por mantener un parecido que la que posee toda Villa Caraza junta? Asco me dan. Y me señalan con el dedo. A mí. Un trabajador de toda la vida. Trabajador y peronista. Como debe ser, seguro anda por alguna parte de la Biblia eso.
            Mi vida por mi pueblo. Su legado será respetado hasta las últimas consecuencias. Y no tengo miedo. Miedo que tengan los nenes mejor. ¡Y esa marioneta a quien titulan con el honor de presidenta! Me da escalofríos pensar que alguien tan sucia se siente en el mismo sillón que ocuparon ustedes dos. Tanta historia, tanta pureza. Limpiaron las manchas de los ’90 para que ahora los oligarcas quieran conquistarnos de nuevo, y encima los hacen quedar mal a ustedes. Yo los voy a desenmascarar a todos. Ni uno va a quedar. Podrán querer ensuciarme, pensando que me afecta. ¡Pero por favor! Isidro Casanova de toda la vida, obrero metalúrgico, barrio obrero. ¿Y ellos? Mansiones, palacios, cuentas en Suiza. La única vez que se mancharon las manos fue cuando se les cayó salsa de champignones. Renacimos en el ’71, renacimos en el 2003 y volveremos a renacer ahora. Aunque esten nerviosos, aunque pongan todo en nuestra contra. Aquí no se rinde nadie. Yo sé que sí, yo sé que se puede, yo sé que puedo, yo sé que volveremos y seremos millones.

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Publicado el 18 diciembre, 2014 en Lecturas, Relato final. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Muy buenos! Me parecio muy bien relatado el último. Me gusto mucho la cursada!! Buen año para todos!

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