Lecturas sobre la Posverdad

Hola. Armé una lista con todos los textos que hemos ido proponiendo para profundizar en el tema sobre el que deberán debatir en el ensayo. Si falta algo, por favor avísenme
Hannah Arendt: “Verdad y política”
Fedor Dostoievsky: Reflexiones sobre la mentira
Darío Sztajnszrajber: Entrevista en Telam   y   Video sobre Posverdad

Revista Anfibia: La postverdad

LA OPINIÓN PÚBLICA/ Pierre Bourdieu

Llegamos ahora a la noción moderna de la opinión pública. ¿En qué consiste esta opinión pública que invocan los creadores de derecho de las sociedades modernas, de las sociedades en las que el derecho existe? Es tácitamente la opinión de todos, o de la mayoría o de los que cuentan, aquellos que son dignos de tener opinión.(1)

Creo que la definición evidente en una sociedad que se considera democrática, a saber, donde la opinión oficial es la opinión de todos, esconde una definición latente, que la opinión pública es la opinión de aquellos que son dignos de tener una opinión. Hay un tipo de definición censitaria de la opinión pública como opinión informada, como opinión digna de ese nombre. La lógica de las comisiones es crear un grupo constituido de tal manera que ofrece todos los signos exteriores, socialmente reconocidos y reconocibles, oficiales, de la capacidad para expresar la opinión digna de ser expresada y en las formas adecuadas. Uno de los criterios tácitos más importantes en la selección de miembros de la comisión, en particular de su presidente, es la intuición que tienen las personas encargadas de la composición de la comisión de que el candidato conoce las reglas no escritas del universo burocrático y las reconoce: en otras palabras, alguien que sabe cómo jugar el juego de la comisión de forma legítima, que va más allá de las reglas del juego, que legitima el juego; nunca se está tanto en el juego como cuando se está más allá del juego. En todo juego, hay reglas y juego limpio. Acerca del hombre cabileño, o del mundo intelectual, he utilizado la siguiente fórmula: la excelencia, en la mayoría de las sociedades, es el arte de jugar con la regla del juego, haciendo de este juego con la regla del juego un homenaje supremo al juego. El transgresor controlado se opone absolutamente al hereje.
El grupo dominante coopta a sus miembros a partir de los índices mínimos de comportamiento que son el arte de respetar la regla del juego hasta en las transgresiones regladas de la regla del juego: el comedimiento, la circunspección. Es la célebre frase de Chamfort: «El cura tiene que creer, el canónigo puede tener dudas, el cardenal puede ser ateo.»(1) Cuanto más se asciende en la jerarquía de las excelencias, más se puede jugar con la regla del juego, pero ex officio, a partir de una posición tal que no admite dudas. El humor anticlerical del cardenal es sumamente clerical. La opinión pública es siempre una especie de realidad doble. Es lo que no se puede dejar de invocar cuando se quiere legislar sobre terrenos no constituidos. Cuando se dice «hay un vacío jurídico» (expresión extraordinaria) a propósito de la eutanasia o de los bebés probeta, se convoca a las personas que
trabajarán con toda su autoridad. Dominique Memmi (2) describe un comité de ética [sobre la procreación artificial] compuesto por personas diversas –psicólogos, sociólogos, mujeres,feministas, arzobispos, rabinos, eruditos, etc.– cuyo fin es transformar una suma de idiolectos éticos en un discurso universal que llene un vacío jurídico, es decir, que aporte una solución oficial a un problema difícil que perturba a la sociedad –legalizar los vientres de alquiler, por ejemplo.
Si se trabaja en ese tipo de situación, se debe invocar una opinión pública. En ese contexto, se entiende muy bien la función concedida a las encuestas. Decir «las encuestas nos avalan», equivale a decir «Dios nos avala» en otro contexto. Pero el tema de las encuestas es incómodo, porque a veces la opinión informada está contra la pena de muerte, mientras que los sondeos están más bien a favor.
¿Qué hacer? Se hace una comisión. La comisión constituye una opinión pública informada que va a fijar la opinión informada como opinión legítima en nombre de la opinión pública que, además, dice lo contrario o no piensa nada (que es lo que suele suceder en muchos temas). Una de las propiedades de las encuestas consiste en plantear a las personas problemas que por sí mismas no se plantean, consiste en deslizar respuestas a problemas que no se habían planteado, por tanto, en imponer respuestas. No se trata de que el muestreo esté sesgado, es el hecho de imponer a todo el mundo preguntas que se le plantean a la opinión ilustrada y, por esto mismo, conseguir respuestas de todos sobre problemas que se formulan sólo algunos; en resumen, dar respuestas informadas, puesto que han sido causadas por la pregunta: se han elaborado para el público preguntas que no existían para él, cuando lo que realmente le importaba era la propia pregunta.
Les traduciré sobre la marcha un texto de Alexander Mackinnon de 1828 extraído de un libro de Peel sobre Herbert Spencer.1 Mackinnon define la opinión pública, definición que sería oficial si no fuera inconfesable en una sociedad democrática. Lo que quiero decir es que, cuando se habla de opinión pública, siempre se juega un doble juego entre la definición confesable (la opinión de todos) y la opinión autorizada y eficiente que se obtiene como subconjunto restringido de la opinión pública democráticamente definida: «Es ese sentimiento sobre cualquier tema que sostienen, producen las personas mejor informadas, más inteligentes y más morales de la comunidad. Esta opinión se extiende y se adopta gradualmente por todas las personas de cierta educación y sentimiento conveniente para un Estado civilizado.» La verdad de los dominantes se convierte en la de todos.
Hacia 1880, se decía abiertamente en la Asamblea Nacional lo que la sociología tuvo que redescubrir: que el sistema escolar debía eliminar a los niños de las clases más desfavorecidas. Al principio se planteaba la cuestión que era inmediatamente rechazada ya que el sistema escolar se puso a hacer, sin que se lo pidieran, lo que se esperaba de él. Por tanto, no había por qué hablar de ello. El interés de volver sobre la génesis es muy importante, porque en los comienzos hay debates donde se dicen abiertamente cosas que, después, aparecen como provocadoras revelaciones de los sociólogos. El reproductor de lo oficial sabe producir –en el sentido etimológico del término: producere significa «sacar a la luz»–, teatralizándolo, algo que no existe (en el sentido de sensible, visible), y en cuyo nombre habla. Debe producir eso en nombre de lo que tiene el derecho de producir. No puede no teatralizar, ni dejar de formalizar o de hacer milagros. Para un creador verbal, el milagro más común es el milagro verbal, el éxito retórico; debe producir la escenografía de lo que autoriza su decir, dicho de otra manera, de la autoridad en cuyo nombre está autorizado a hablar.
Encuentro la definición de la prosopopeya que estaba buscando: «Figura retórica por la cual se hace hablar y actuar a una persona que se evoca, a un ausente, a un muerto, un animal, una cosa personificada.» Y en el diccionario, que siempre es un magnífico instrumento, aparece esta frase de Baudelaire hablando de la poesía: «Manejar sabiamente una lengua es practicar una especie de sortilegio evocatorio.» Los clérigos, los que manipulan una lengua culta como los juristas y los poetas, tienen que escenificar el referente imaginario en cuyo nombre hablan y que ellos producen hablando dentro de las formas; tienen que hacer existir lo que expresan y aquello en cuyo nombre se expresan. Deben producir, al mismo tiempo, un discurso y producir la creencia en la universalidad de su discurso mediante la producción sensible en el sentido de recordar los espíritus, los fantasmas –el Estado es un fantasma…– de esa cosa que lo que ellos hacen garantiza: «la nación», «los trabajadores», «el pueblo», «el secreto de Estado», «la seguridad nacional», «la demanda social», etc. Schramm mostró cómo las ceremonias de coronación eran la transferencia, en el orden político, de ceremonias religiosas.1 Si el ceremonial religioso puede transferirse tan fácilmente a las ceremonias políticas por medio de la ceremonia de la coronación, se debe a que en ambos casos se trata de hacer creer que hay un fundamento del discurso que sólo aparece como autofundador, legítimo, universal porque hay teatralización –en el sentido de evocación mágica, de brujería– del grupo unido y que permite el discurso que lo une. De ahí el ceremonial jurídico. El historiador inglés E. P. Thompson insistió en el papel de la teatralización jurídica en el siglo XVIII inglés –las pelucas,etc.–, que no puede comprenderse del todo si no se comprende que no es un simple aparato, en el sentido de Pascal, que se añadiría: es constitutiva del acto jurídico.2 Impartir justicia con la ropa común es arriesgado: se arriesga a perder la pompa del discurso. Siempre se habla de reformar el lenguaje jurídico sin llegar a hacerlo jamás, porque es la última de las vestiduras: los reyes desnudos no son carismáticos.
Una de las dimensiones más importantes de la teatralización es la teatralización del interés por el interés general; es la teatralización de la convicción del interés por lo universal, del desinterés del hombre político (teatralización de la creencia del sacerdote, de la convicción del hombre político, de su fe en lo que hace). Si la teatralización de la convicción forma parte de las condiciones tácitas del ejercicio del oficio de clérigo –si un profesor de filosofía tiene que aparentar que cree en la filosofía–, es porque ello constituye el homenaje esencial de lo oficial-hombre a lo oficial; es lo que hay que añadirle a lo oficial para ser un oficial: hay que añadir el desinterés, la fe en lo oficial, para ser un verdadero oficial. El desinterés no es una virtud secundaria: es la virtud política de todos los mandatarios. Los desatinos de los curas, los escándalos políticos, son el hundimiento de esta especie de creencia política según la cual todo el mundo actúa de mala fe, ya que la creencia es una especie de mala fe colectiva, en el sentido sartreano: un juego en el cual todo el mundo se miente y miente a
los otros sabiendo que se mienten. Eso es lo oficial…

Pierre Bourdieu: Sobre el Estado.Cursos en el College de France 1989-1992

 

 

 

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Publicado el 22 mayo, 2017 en Argumentación, Materiales. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Estudio Rocha

    Cecilia, buen domingo, estoy trabajando en el ensayo como sugeriste con las consignas de las preguntas de los textos del cuadernillo. Mi pregunta es si puedo llevarte un borrador el martes para que lo veas. Gracias!

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