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Jean Starobinsky sobre el ensayo

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¿Es posible definir el ensayo? se pregunta Jean Starobinsky

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El estilo del ensayo

WALTER BENJAMIN  Calle de mano única

NR. 113

Las horas que contienen la forma
han transcurrido en la casa del sueño.

SUBTERRÁNEO
Hemos olvidado hace tiempo el ritual según el cual fue edificada la casa de nuestra vida. Pero cuando hay que tomarla por asalto y empiezan a caer las bombas enemigas, ¡qué de antigüedades descarnadas y extrañas no dejan éstas al descubierto entre sus fundamentos! ¡Cuántas cosas no fueron allí enterradas y sacrificadas entre conjuros y ensalmos! ¡Qué siniestro gabinete de curiosidades aparece allí abajo, donde las zanjas más profundas se hallan reservadas a lo más cotidiano! Una noche de desesperación me vi en sueños renovando impetuosos lazos de amistad y fraternidad con el primer compañero de mis tiempos de colegial, a quien llevaba sin ver varios decenios y apenas había recordado en todo ese tiempo. Al despertar, sin embargo, lo vi claro: aquello que la desesperación, como una carga explosiva, había sacado a la luz, era el cadáver de ese hombre que estaba allí emparedado y debía impedir que quien viviera allí alguna vez, pudiera asemejársele en algo.

PROHIBIDO MENDIGAR Y VENDER A DOMICILIO
Todas las religiones han honrado al mendigo. Pues él demuestra que el espíritu y los postulados, las consecuencias y los principios fracasan ignominiosamente en un asunto tan prosaico y trivial como sagrado y vivificante, cual era el dar limosna.
Nos quejamos de los mendigos del Sur y olvidamos que la insistencia con que se nos plantan en las narices se halla tan justificada como la obstinación del erudito frente a textos difíciles. No hay sombra de vacilación ni indicio de aquiescencia o deliberación, por mínimo que sea, que ellos no adviertan en nuestros gestos. La telepatía del cochero que sólo con sus gritos nos hace ver claramente que no somos reacios a viajar en su coche, o la del vendedor de segunda que extrae de su baratillo el único collar o camafeo capaz de seducirnos, son de la misma especie.

MARX Y ENGELS 

Manifiesto comunista (fragmento)

Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.
No hay un solo partido de oposición a quien los adversarios gobernantes no motejen de comunista, ni un solo partido de oposición que no lance al rostro de las oposiciones más avanzadas, lo mismo que a los enemigos reaccionarios, la acusación estigmatizante de comunismo.
De este hecho se desprenden dos consecuencias:
-La primera es que el comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas.
-La segunda, que es ya hora de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus tendencias, sus aspiraciones, saliendo así al paso de esa leyenda del espectro comunista con un manifiesto de su partido.
Con este fin se han congregado en Londres los representantes comunistas de diferentes países y redactado el siguiente Manifiesto, que aparecerá en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa….

JORGE LUIS BORGES

La duración del Infierno (fragmento)

Especulación que ha ido fatigándose con los años, la del Infierno. Lo descuidan los mismos predicadores, desamparados tal vez de la pobre, pero servicial, alusión humana, que las hogueras eclesiásticas del Santo Oficio eran en este mundo: tormento temporal sin duda, pero no indigno dentro de las limitaciones terrenas, de ser una metáfora del inmortal, del perfecto dolor sin destrucción, que conocerán para siempre los herederos de la ira divina. Sea o no satisfactoria esta hipótesis, no es discutible una lasitud general en la propaganda de ese establecimiento. (Nadie se sobresalte aquí: la voz propaganda no es de genealogía comercial, sino católica; es una reunión de los cardenales.) En el siglo n, el cartaginés Tertuliano, podía imaginarse el Infierno y prever su operación con este discurso: Os agradan las representaciones; esperad la mayor, el Juicio Final. Qué admiración en mí, qué carcajadas, qué celebraciones, qué júbilo, cuando vea tantos reyes soberbios y dioses engañosos doliéndose en la prisión más ínfima de la tiniebla; tantos magistrados que persiguieron el nombre del Señor, derritiéndose en hogueras más feroces que las que azuzaron jamás contra los cristianos; tantos graves filósofos ruborizándose en las rojas hogueras con sus auditores ilusos; tantos aclamados poetas temblando no ante el tribunal de Midas, sino de Cristo; tantos actores trágicos, más elocuentes ahora en la manifestación de un tormento tan genuino… (De spectaculis, 30; cita y versión de Gibbon.) El mismo Dante, en su gran tarea de prever en modo anecdótico algunas decisiones de la divina Justicia relacionadas con el Norte de Italia, ignora un entusiasmo igual. Después, los infiernos literarios de Quevedo —mera oportunidad chistosa de anacronismos— y de Torres Villarroel —mera oportunidad de metáforas— sólo evidenciarán la creciente usura del dogma. La decadencia del Infierno está en ellos casi como en Baudelaire, ya tan incrédulo de los imperecederos tormentos que simula adorarlos. (Una etimología significativa deriva el inocuo verbo francés géner de la poderosa palabra de la Escritura gehnna.)
Paso a considerar el Infierno. El distraído artículo pertinente del Diccionario enciclopédico hispano-americano es de lectura útil, no por sus menesterosas noticias o por su despavorida teología de sacristán, sino por la perplejidad que se le entrevé. Empieza por observar que la noción de infierno no es privativa de la Iglesia católica, precaución cuyo sentido intrínseco es: No vayan a decir los masones que esas brutalidades las introdujo la Iglesia, pero se acuerda acto continuo de que el Infierno es dogma, y añade con algún apuro: Gloria inmarcesible es del cristianismo atraer hacia sí cuantas verdades se hallaban esparcidas entre las falsas religiones. Sea el Infierno un dato de la religión natural o solamente de la religión revelada, lo cierto es que ningún otro asunto de la teología es para mi de igual fascinación y poder. No me refiero a la mitología simplicísima de conventillo —estiércol, asadores, fuego y tenazas— que ha ido vegetando a su pie y que todos los escritores han repetido, con deshonra de su imaginación y de su decencia (1). Hablo de la estricta noción —lugar de castigo eterno para los malos— que constituye el dogma sin otra obligación que la de ubicarlo in loco reali, en un lugar preciso, y a beato-rum sede distincto, diverso del que habitan los elegidos. Imaginar lo contrario, sería siniestro. En el capítulo quincuagésimo de su Historia, Gibbon quiere restarle maravilla al Infierno y escribe que los dos vulgarísimos ingredientes de fuego y de oscuridad bastan para crear una sensación de dolor, que puede ser agravada infinitamente por la idea de una perduración sin fin. Ese reparo descontentadizo prueba tal vez que la preparación de infiernos es fácil, pero no mitiga el espanto admirable de su invención. El atributo de eternidad es el horroroso. El de continuidad —el hecho de que la divina persecución carece de intervalos, de que en el Infierno no hay sueño— lo es más aún, pero es de imaginación imposible. La eternidad de la pena es lo disputado…

——
(1) Sin embargo, el amateur de infiernos hará bien en no descuidar estas infracciones honrosas: el infierno sabiano, cuyos cuatro vestíbulos superpuestos admiten hilos de agua sucia en el piso, pero cuyo recinto principal es dilatado, polvoriento, sin nadie; el infierno de Swedenborg, cuya lobreguez no perciben los condenados que han rechaza do el cielo; el infierno de Bernard Shaw (Man and Superman, páginas 86-137), que distrae vanamente su eternidad con los artificios del lujo, del arte, de la erótica y del renombre.

 

Jorge Luis Borges, Discusión, 1932

Reflexiones sobre la mentira de Fedor Dostoievsky

 ¿Por qué, entre nosotros, todo el mundo miente?…
 Estoy seguro de que todo el mundo va a detenerme aquí diciéndome: “¡Exagera usted tontamente: todo el mundo, no! Está usted hoy falto de asuntos y, a pesar de eso, quiere usted producir un pequeño efecto entre nosotros lanzando al acaso una acusación sensacional.” Nada de eso: he pensado siempre en lo que acabo de decir. Sólo que ¿qué ocurre? Se vive cincuenta años con una convicción en cierto modo latente y, de pronto, al cabo de medio siglo, toma, no se sabría decir cómo, una fuerza imprevista, que, por decirlo así, la transforma en viviente. Desde hace poco me ha llamado más que nunca la atención la idea de que entre nosotros, hasta en las clases ilustradas, hay muy pocas gentes que no mientan. Hombres muy honrados mienten lo mismo que los otros. Estoy convencido de que en los demás pueblos, en la mayoría de los casos, tan sólo los bribones alteran a conciencia la verdad y sus mentiras son interesadas. Entre nosotros se goza mintiendo. Se puede a menudo afirmar que un ruso mentirá…, casi diría por hospitalidad, por ser agradable a su huésped. De este modo sacrifican su personalidad a la de su interlocutor. ¿No recuerdan ustedes haber oído a las gentes más escrupulosas exagerar ridículamente el número de verstas que sus caballos habían recorrido en tales o cuales circunstancias? Esto era para divertir al auditorio y excitarle a charlar a su vez. Y en efecto, el golpe no fallaba nunca; su visitante, animado por el hablilla, recordaba en seguida haber visto una troika adelantar al ferrocarril. ¡Oh, y qué perros de caza había conocido! Continuan ustedes contando una extraordinaria historia acerca del talento del dentista parisiense que les orificó los dientes, o sobre la loca prontitud del diagnóstico de Botkine, que les curó de una enfermedad verosímil. Llegan hasta creer la mitad de su relato; siempre se llega a eso cuando se mete uno en ese camino. Más tarde, cuando vuelven a pensar en aquella ocasión, al recordar la atenta fisonomía de aquel que los escuchaba, se dicen: “¡Ah, no; he mentido bastante!” Este último ejemplo no es muy afortunado, porque en el carácter del hombre está el mentir siempre cuando se extiende acerca de los detalles de una enfermedad que lo hizo sufrir. Esto lo cura por segunda vez.
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Un ensayo

Serás original o no serás nada

por Lucía Dobelli

 

Cuando era chica solía realizar una suerte de liturgia, si bien la misma carecía de todo elemento religioso. Consistía en prender el aparato, localizar el dial y sentarme. Sentarme y dejar pasar el rato, esperando. Cierto es que muchas veces me aburría y me daban ganas de parar todo e irme; pero me mantenía en vigilia la intriga. Y seguía, esperando. Hasta que, sin previo aviso, mágica, una voz revelaba que la próxima era la canción deseada. El cassette ya estaba en su lugar, y mis dedos, expectantes y tensos, también. Record más Play, y la cinta magnética ya se movía grabando lo que podía ser el último hit de Shakira, Bandana o las Spicegirls (uno no debe desconocer sus orígenes aunque ahora agradezca no tener el gusto musical de mis diez años).

Es que yo creía tener una tarea por demás significativa. No era cosa de tontos esto de presionar el botón y grabar en el momento exacto. Lo sentía casi como una conquista individual, ¡ahora sí podía escuchar sus temas cuando yo quería, donde yo quería! Analizándolo retrospectivamente sin embargo, seguramente muchos acérrimos defensores de los derechos de autor no hubieran dudado en ya ver en mí a una criminal. Una que ahora infringía la ley de forma inconsciente quizás, aun así, sería sólo cuestión de tiempo para terminar de convertirme en una cuasi pandillera del dominio público. ¿Cómo iba a saber yo que alucinar coreografiando al ritmo de mi versión (infame) de Ojos así le estaba ocasionado un perjuicio a la mismísima Shakira?

Pienso qué tipo de daño era este. ¿Habría disgustado el hecho de que mi coreografía no estaba a la altura de sus movimientos de cadera? O, quizás, incomodaba la facilidad para el uso personal que me permitía mi grabación. Pero, ¿no nos da tal beneficio cualquier objeto privado? Sucede que reproducir la canción a gusto y piacere me investía de poder; un poder clandestino. Yo no había reembolsado lo suficiente por él. Lee el resto de esta entrada

Otros ensayos

aquí uno de W. Benjamin sobre el juego de azar

 

EL JUEGO
El juego, como toda otra pasión, da a conocer su rostro como la chispa que en el ámbito corporal salta de un centro a otro, moviliza ora este órgano ora aquel otro y reúne y limita en él al ser entero. Este es el plazo acotado a la mano derecha hasta que la bola caiga en su casilla. Como un avión, vuela sobre las docenas de la ruleta, esparciendo en sus surcos la siembra de fichas. Anuncia ese plazo el instante, reservado únicamente al oído, en que la bola empieza su giro y el jugador está a la escucha de cómo la fortuna-afina sus contrabajos.
En el juego, que se dirige a todos los sentidos, sin excluir el atávico de la videncia, le toca también la vez a los ojos. Todos los números le hacen guiños. Pero como ha olvidado el lenguaje de los gestos en lo que éste tiene de más decisivo, generalmente confunde a los que le hacen confianza. Y que son desde luego los que demuestran la más profunda devoción por el juego. Todavía un momento sigue ante ellos la apuesta perdida. El reglamento les retiene. No de otra manera retiene al amante la destemplanza de aquella a la que venera. Ve su mano al alcance de las suyas; pero no hará nada para tomarla. El juego tiene adictos apasionados que le aman por él mismo y de ningún modo por lo que da. Porque si se lo quita todo, buscarán la culpa en sí mismos. Dirán entonces: «He jugado mal». Y ese amor comporta en sí mismo la recompensa de su celo en tal medida que las pérdidas son agradables sólo porque con ellas dan prueba de su ánimo de sacrificio. Un caballero de la suerte tan intachable como lo fue el Príncipe de Ligne, asiduo a los clubs parisinos tras la caída de Napoleón, era famoso por la actitud con la que aceptaba las perdidas más extraordinarias. La actitud era un día y otro día siempre la misma. Dejaba que la mano derecha, que arrojaba continuamente sobre la mesa grandes apuestas, colgase luego lánguida. La izquierda en cambio permanecía inmóvil, horizontal, metida en su chaleco, sobre la parte derecha del pecho. Más tarde llegó a saberse por su ayuda de cámara que en su pecho había tres cicatrices, huella exacta de las uñas de los tres dedos que sin descanso se habían clavado en él.

Extraído de Discursos interrumpidos I, Madrid, Taurus, 1989

 

y otro muy cortito sobre los genios que no son tales

 

Para los grandes hombres, las obras concluidas tienen menos peso que aquellos fragmentos en los cuales trabajan toda su vida. Pues la conclusión solo colma de una incomparable alegría al más débil y disperso, que se siente así nuevamente devuelto a su vida. Para el genio, cualquier cesura, no menos que los duros reveses de fortuna o el dulce sueño, se integran en la asidua laboriosidad de su taller, cuyo círculo mágico él delimitaen el fragmento. “El genio es laboriosidad”

 

extraído de Dirección única, Bs As , Alfaguara, 1987

 

 

Maldicion eterna a quien vea este video

por Camila Cisneros

                                     “Dichosa edad  y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no   porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío.”

Miguel de Cervantes

¿Derechos de autor? ¿Quién podría cobrar por algo que se creó hace siglos y cuyo autor seguramente ya no está entre nosotros? ¿Cómo nos podemos negar por unas monedas el infinito placer de una bella melodía o un poema? Un absurdo impedimento, una carita con gesto triste fundida a rojo, se burla de mí: no podré reproducir en Youtube mi video favorito de diez horas de música medieval, alguna disquera sin rostro, en supuesta defensa de los ejecutores reclamó estos dudosos derechos. No dejo que la ira se apodere de mí. Guardo aún, la íntima esperanza de que nunca pongan impuesto a las palabras y los sonidos.
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